lunes, 10 de octubre de 2016
miércoles, 5 de octubre de 2016
LA PALABRA Y LOS DIAS: EL ESLOGAN
Bien dicen que un idioma es
el trasunto de una civilización y una cultura y el resumen de los adelantos
técnicos, mecánicos y de otro orden. Por eso hay idiomas con absoluta
incapacidad para expresar ideas cinticas, conceptos técnicos o explicaciones mecánicas
y abstractas. Al mismo tiempo, el avance constante de la civilización ha ido
creando vocablos como las siglas, que se forman por aglutinación de las iniciales
de una frase larga, casos del radar y el laser.
Existen también palabras de
curso cada vez más corriente y de origen extranjero. Una de ellas es “slogan”*,
tan usada en todo momento en propaganda y publicidad. Pues bien, el vocablo
inglés “slogan” hace tiempo ha tomado carta de ciudadanía en nuestro ambiente.
Por lo que quizás no sea pedantesco formular algunas apreciaciones sobre la
misma. El origen del término proviene de los antiguos guerreros montañeses de Escocia,
los famosos “highlanders” o habitantes de tierras altas. “Slogan” era denominado
el grito de combate o de llamada que aquellos se transmitían de roca en roca
cuando salían en campaña. Algo así como la frase de batalla, el lema que
convoca a la acción. Ejemplos de “slogans” pueden ser considerados muchos
formulados a lo largo de la historia. En el siglo once el religioso francés
Pedro El Ermitaño predico la Primera Cruzada y su “slogan” o lema era así: “DIOS LO QUIERE. . .” Esta frase de
fuerte sentido místico era repetida constantemente por el predicador en sus
arengas a través de las ciudades de la Europa Medioeval. Uno de los mejores
“slogans” que se conocen fue creado por Julio César, después de haber vencido
al Rey Farnaces del Ponto. Luego de la victoria el gran romano se presento ante
el Senado y dijo concisa y lacónicamente, “Veni,
Vidi, Vici” o sea, "Vine, Vi, Vencí".
Esta frase es de notable fuerza y concisión.
Alejandro Magno, tenía en
las batallas libradas en sus campañas bélicas el siguiente lema, en la forma de
una arenga dirigida a los soldados macedonios: “Si avanzo, seguidme, si retrocedo matadme, si soy traicionado,
vengadme...” De Alejandro Magno, rey de Macedonia, decía Demóstenes que era
un muchacho atolondrado. Pero su arenga fue electrizante.
Otro de los célebres
“slogans” conocidos en el mundo lo formulo Catón, el Censor, elocuente orador
romano, quien visito a la famosa ciudad fenicia de Cartago y quedé impresionado
por su riqueza, fuerza y esplendor. Catón, que había sido llamado a la ciudad
africana para mediar en un litigio político allí existente no demostró
demasiada ecuanimidad cuando se dirigió al Senado de Roma, armando que Cartago
era enemiga en potencia del imperio de los Césares. Pronuncio varios discursos
sobre este tema terminando siempre sus alocuciones con este “slogan”: “Delenda est Cartago” o sea, “hay que destruir Cartago”. Roma
impresionada por la frase desato la guerra púnica y así, un “slogan” torció el
curso de la historia destruyéndose la poderosa civilización fenicia rival de
Roma.
James Monroe, presidente
norteamericano del siglo pasado, impresionado por la amenaza europea de
reconquistar las colonias del Nuevo Mundo, creo el lema “América para los Americanos”. Un político argentino acuño otra
frase rectificadora. Fue Sáenz Pena con su “slogan”... “América para la humanidad”.
Durante la primera guerra
mundial los norteamericanos repitieron hasta la saciedad el lema de: “...La guerra que acabara con las guerras”.
Un estimulo muy directo, sin duda, al deseo de paz. Y en la segunda guerra
mundial la propaganda aliada hizo suya el repetidísimo “slogan”... “Hacia un mundo mejor”.
Cuando el ataque japonés a
Pearl Harbor los norteamericanos plasmaron su deseo de desquite en este “slogan”...“Remember Pearl Harbor”, o sea “Recordad Pearl Harbor”. . . La
frase iba impresa en afiches y grabada en discos. Hasta se compuso un foxtrot
que luego fue muy popular con. este estribillo. Tanto fue así que el 17 de
diciembre de 1944 en que se cumplían tres años del asalto japonés a la base
naval norteamericana las firmas comerciales de Nueva York fueron solicitadas
para que sus telefonistas atendiesen con la frase “Recordad Pearl Harbor”.
Estos ejemplos demuestran
como una frase inteligente, un “slogan”, puede tener una fuerza tan dinámica no
solamente en la promoción comercial sino también en el campo de las ideas, la política,
la guerra y toda otra actividad humana. Por eso, crear un “slogan” de efecto es
tarea propia de mentes aguzadas y de percepción sicológica, para mover los resortes
de las emociones humanas.
Gerardo Halley
Mora
* Recientemente, se ha
incluido el vocablo ESLOGAN en el Dicc. Castellano (N del A)
LA PALABRA Y LOS DIAS: DESCUBRIR ASUNCION
Hay
una bella canción nativa cuyo título es “Paraguay-pe”, en Asunción, en el
elegante idioma de señores que es nuestro castellano. La misma es original del
vate de los cantos sentidos, Manuel Ortiz Guerrero, en música de Flores. En sus
letras que se prenden a la cadenciosa y nostálgica melodía se arrastra una
lenta y desvaída postal del pasado, una imagen de la ciudad, seguramente la que
fue allá por el año 30, en que se incluyen la Escalinata, que por aquella
época, cuentan los papás, mamas y abuelos, era el asombro de todos; la Plaza
Uruguaya, el “mangrullo” o sea el actual Parque Carlos Antonio López y otros
puntos de nuestra entonces un tanto mística urbe.
La
canción, bonita y dulce, es como una antigua y un tanto borrosa evocación,
porque, sin duda, la ciudad ha ido perdiendo sus tipos y costumbres, sus
edificios de antaño al correr de la transformación que impone el tiempo.
Otra
estampa típica y querida que se aleja son las burreras, cada día más escasas.
Las vendedoras se han motorizado, sobre la base de los llamados camiones mixtos
que las traen y llevan desde los pueblos vecinos hasta el mercado, y do
regreso. Tampoco es ya muy común ver a la vendedora que lleva sobre su cabeza,
en raro equilibrio, la canasta llena de frutos. Pero éstos son temas para otros
comentarios.
Queremos
mencionar mas bien, como decíamos, otros motivos dela ciudad que se van
perdiendo a influjos de la evolución de las costumbres y hasta por fenómenos de transformación
económica.
Por
ejemplo, el almacén de barrio, ubicado estratégicamente en la esquina, con su
variedad de sencillos artículos. Hoy lo reemplaza el “Supermercado” de luces
fluorescentes y provisto de grandes refrigeradores. El clásico papel de estraza
del envoltorio ha sido suplantado por los envases de polietileno. Y últimamente,
el humilde y desnudo pan ha comenzado a vestirse con un atildado impermeable.
Sin
embargo, el tradicional almacén subsiste en algunas esquinas con sus antiguos
estantes, su vetusto mostrador y su viejo almacenero. Pero ira cediendo más y más
posiciones.
Mientras tanto, en los
viejos almacenes que subsisten se puede ver todavía la balanza antigua con sus
platos abollados y, a lo mejor, una caja registradora de principios de siglo y
cuyo funcionamiento es como el de nuestras provectas pero heroicas locomotoras,
y hasta puede verse también ese letrerito que vaya a saber quién invento, y constituía
como una burlona advertencia para los clientes morosos con aquello de “hoy no
se fía... mañana sí”. Un mañana siempre postergado por la vigencia diaria del
letrerito de marras.
Estas
cosas y muchas más las ve el ciudadano que dejando de lado el apuro con que hoy
se vive decide ir a pie hasta el centro o venir desde allí hasta la periferia
urbana. Porque no hay nada más agradable ni más revelador y usted puede
probarlo, que dejar en casa el automóvil, si lo tiene, o resolver no utilizar
el vehículo colectivo, para ir caminando.
Usted
se dará cuenta de que comienza a descubrir su ciudad, a pesar de que esté
viviendo en ella desde hace tiempo. Notaré que por pasar a 60 kilómetros por
hora, ignora prácticamente ese barrio nuevo, esa curiosa construcción, ese
notable jardín, esa calle evocadora o ese hermoso edificio antiguo tan familiar
pero que hace tiempo no ve...
Los
asuncenos tienen mucho que redescubrir o mucho que ver otra vez para evocar
amables momentos. Por eso, caminar, especialmente en los días soleados del
invierno es pasatiempo favorito de quien quiere disfrutar un sencillo goce y
permite percatarse andando a pie de lo realmente bella, dulce y cautivante que
es esta nuestra Asunción, en donde discurrió nuestra infancia.
Haga
usted la prueba, amiga, amigo lector. Camine y visite barrios o, en su propio
barrio, vea las estampas del pasado como el viejo y cordial almacén que daba
caramelos de “yapa” y agua fría gratis.
Gerardo Halley Mora
martes, 4 de octubre de 2016
LA PALABRA Y LOS DIAS: EL MAR, BELLEZA Y CRUELDAD
El
mar, ese inmenso ámbito cuya extensión supera ampliamente al de la superficie
solida de nuestro planeta, ha sido el escenario propicio para los grandes
dramas y para el planteamiento de incontables misterios Nuestro mundo está
dominado por la presencia del mar. Por algo se le llama el globo terráqueo, es
decir, un mundo de tierra y agua. El mar ha sido y es para el hombre un motivo
de meditación temerosa y es igualmente la esperanza de la humanidad, frente al
agotamiento acelerado de las tierras cultivables y de la disminución del agua
en las extensiones terrestres.
El
mar tiene sus bellezas y sus monstruos. Desde las míticas sirenas perseguidoras
de las naves de Ulises con su canto adormecedor. El héroe helénico dispuso una
medida heroica para no sucumbir, él y
sus marinos, ante la seducción de aquellos seres maravillosos, mitad beldades y
mitad peces... Se hizo atar él y ordeno se hiciese lo mismo con los demás compañeros
de viaje, a los palos de los barcos.
Los
monstruos del mar son descritos en ese libro incomparable de Herman Melville
llevado al celuloide, "MOBY DlCK", la historia de una enorme ballena
blanca cuya persecución lleva a los hombres a la perdición de sí mismos y del
gigante del océano.
En
la historia quiere ubicarse siempre el florecer de las más avanzadas
civilizaciones en aquellas republicas o reinos ubicados sobre el mar.
Recordamos haber leído alguna vez un pensamiento cuya esencia hace reflexionar.
Según
este, los pueblos que habitan en las orillas del mar y dedicados a cultivar el
trigo son los más señeros en cuanto a su cultura y civilización. En el primer
libro de la Biblia, el Génesis, hay un párrafo lleno de grandiosa y enigmática poesía,
cuya magia lleva a la mente por Insospechados territorios, cuando se lee
aquello de que en el principio de las cosas, las aguas lo cubrían todo y por
encima de ellas flotaba un maravilloso espíritu creador.
Pues
bien, el mar también tiene sus misterios. Hasta hoy día, es mejor conocida la
rocosa y solitaria superficie de la Luna y no el seno del mar, cuya pavorosa
hondura llega a más de diez mil metros en algunas zonas del Caribe. Un sabio francés,
Picard, solía realizar audaces incursiones acuáticas en una hermética campana y
retomaba embriagado por la belleza de los panoramas submarinos, y también
espantado ante los deformes e inquietantes monstruos de las tinieblas jamás
alcanzadas por la luz solar. Ya Julio Verne en sus "VEINTE MIL LEGUAS DE
VIAJE SUBMARINO" se había anticipado en la ficción a las muy reales exploraciones
del sabio Picard.
En
esa novela las descripciones del doctor Aronnak, prisionero a bordo del
poderoso "NAUTlLUS", y del misterioso capitán Nemo, llevan al lector
al conocimiento del mundo del agua salada.
Fue
también de un escritor, sin duda, eso cuya descripción esta en los textos bíblicos.
Lo de Jonás, tragado por una ballena o un leviatán. Pues el mar tiene también
sus dramas y tragedias esparcidos a lo largo del tiempo en su inmenso y movible
escenario. Dramas y tragedias a veces envueltas en el misterio, como el caso
hasta ahora indescifrable del velero "MARY CELESTE", hallado en mitad
del Atlántico sin un alma a bordo, pero con los camarotes perfectamente
arreglados, las mesas tendidas, y los platos servidos, las sillas y otros
muebles en su lugar. ¿Qué se hizo de los pasajeros y tripulantes?
Jamás
pudo saberse. Pero ese es apenas uno de los enigmas del mar. Hará unos 20 años
un abordaje al estilo de la clásica piratería hizo víctima de una nave
norteamericana en aguas del Asia. El episodio presenta carácter de drama,
aunque no de misterio. Pero hace poco, el mar fue escenario de dos verdaderos
misterios y dos tragedias.
Dos
modernos submarinos, uno francés, otro israelí, marchan por el Mediterráneo.
Sus transmisores dan paso a paso su posición a los monitores terrestres. De
pronto, el silencio descarga su tajante cuchilla. Angustia, conjeturas,
ominosas sospechas entre las naciones. El mar, encrespado apenas expone alguna
capa de petróleo.
Minerva,
se llama el submarino francés, nombre de mitología, la diosa de las leyendas
griegas nacida de Júpiter, o de una nube, o a orillas del rio Tritón, pues los
cronistas no se pusieron de acuerdo. Lo cierto es que el culto de Minerva floreció
sobre las civilizaciones del Mediterráneo, en cuyo seno el submarino así
llamado se perdió. . .
Dakar,
o Tiburón, se llama la nave israelí también desaparecida. Nombre mitológico, al
igual que TITANIC, tragedia clásica del mar.
Hace
unos años, extraña coincidencia, en setiembre de 1966 para ser más exactos, se hundió
en el Mar del Norte el submarino de Alemania Occidental llamado "Hai"
(tiburón en castellano). Es un dato suficiente para estimular la imaginación de
quienes asociar ciertos nombres con determinados hechos.
Pero
como este no es nuestro propósito refirámonos únicamente a estos misterios y
también tragedias. En "Los Trabajadores del Mar" Víctor Hugo describe
la furia de las aguas y su repentina mansedumbre. Porque el mar es así. Origen
de la vida y quizás sostén de ella en un futuro cercano, brinda al hombre sus
riquezas y le da su alimento y, también le priva de sus seres queridos o arrasa
sus ciudades. "MAR CRUEL" es otro libro de mucho éxito aparecido no
hace mucho en Estados Unidos con desgarradoras historias de naufragios.
El
mar, benéfico y terrible al mismo tiempo suma a sus misterios y tragedias la
angustiosa incógnita de los tres submarinos perdidos.
Gerardo
Halley Mora
LA PALABRA Y LOS DIAS: SE FUERON LAS PALOMAS
Hasta
no hace mucho tiempo era espectáculo frecuente en las calles y plazas de Asunción
la presencia de bandadas de palomas posadas en el suelo. Uno caminaba entre
ellas y las aves, mansas y confiadas, no se espantaban. Se podía ver en las
tardes a viejecitas o viejecitos dándoles de comer. Y el cielo de la urbe era
cruzado en las horas del crepúsculo por bandadas de estos animalitos. Había
palomas grises, pardas y, a veces, blancas. Eran unos menudos habitantes de
nuestra urbe y ponían una nota amable en el panorama de la misma.
Ahora
es poco frecuente verlas picoteando en el suelo de las plazas o en las
avenidas. Sin embargo, existe una importante bandada en una licorería ubicada
en la calle Presidente Franco a la altura de Colon. Allí se camina entre las
palomas, en medio de un batir de alas y el característico susurro de los simpáticos
seres alados. Se preguntaría el observador porqué la ausencia de estos de los
sitios en donde habitualmente los veíamos. Pudiera ser la persecución desatada
por pequeños véndalos y también grandulones armados de hondas de goma o
piedras. Hay una firme creencia en personas ancianas de que la came de paloma
rejuvenece. Otra teoría: existen quienes se solazan con la came de paloma para guisados
y para acompañar polentas.
Se
atribuía en ciertas ciudades y a determinados inmigrantes la caza de gorriones
para adobar sus platos típicos. Desde luego, palomas y gorriones son aves
inmigrantes traídas de Europa. El gorrión llego al Rio de la Plata afines del
silo pasado acompañando a un viajero italiano. De un par de parejas se propago
por millones e invadió la Argentina, el Paraguay, el Uruguay, Brasil y Chile.
Hoy
día se persigue al pajarillo de corbata negra porque es una plaga de la agricultura.
Pero la paloma no lo es tanto y, además, es un ave integrada dentro de una heráldica
llena casi siempre de felices simbolismos. Se le asocia comúnmente con la paz y
esto le viene seguramente de la vez cuando Noé, en pleno diluvio, soltó una o
dos palomas desde su arca y éstas volvieron con una rama de olivo en el pico, señal
del descenso de las aguas. La paloma significa siempre mansedumbre y dulzura,
contrariamente al águila y al halcón, sinónimos de fiereza. Salomón, el rey
poeta, en los sensuales y cálidos párrafos del Cantar de los Cantares, compara
a la esposa con una dulce paloma. Los asirios decían que al morir Semiramis su
alma había volado al cielo en la forma de esa ave.
Sin
embargo, no siempre se uso el volador animalito para fines pacíficos y
benéficos o como símbolo de lo bueno y lo bello. Pues, esta ave tiene la
notable facultad, no común en otras especies, de ser un veloz e infalible
mensajero por su instinto de orientación asombroso.
Así,
cuando la derrota de Napoleón en Waterloo, los famosos banqueros Rothschild
recibieron la noticia del desastre por medio de una paloma mensajera despachada
por su agente comercial. Los Rothschild supieron la información con tres días
de anticipación sobre sus demás competidores y esto les permitió efectuar
grandes especulaciones en la Bolsa. Gracias a ello aumentaron aun más su enorme
fortuna. Por esa época no se conocía el telégrafo.
En
la segunda guerra mundial las aves salvaron la vida de numerosos aviadores caídos
al mar. Ellas eran llevadas en los aparatos y se las soltaba cuando la maquina
era derribada. Las palomas, poseedoras de una capacidad de orientación
asombrosa volvían a la base y así se conocía el infausto suceso. Los aliados y
los alemanes contaron en esa contienda con unas quinientas mil palomas
mensajeras para fines bélicos.
De
esta forma fueron también utilizadas para la guerra con lo que su simbolismo de
paz quedaba un tanto mal parado.
Uno
de los ejércitos que cultiva intensamente el adiestramiento de las palomas
mensajeras es el de la Argentina. Esta puede volar a una velocidad promedio de
170 kilómetros por hora o sea casi como un pequeño avión. Asombra que un
organismo tan frágil sea capaz de esto.
Los
mensajes llevados por estas fechas vivas son difíciles de interceptar y son más
seguras que la radio cuyas ondas pueden ser captadas o interferidas.
El
arte o deporte de lanzar palomas mensajeras se denomina colombofilia y es
antiguo, y el periodismo le debe mucho. El fundador de la famosa agencia
inglesa de noticias Reuter enviaba y recibía noticias desde Paris, Berlín y
Londres por medio de palomas mensajeras, y de esta forma gano mucho dinero
vendiéndole esas noticias a los diarios en la época anterior al telégrafo.
Durante
la guerra de Cuba entre España y Estados Unidos las palomas mensajeras iban y venían
a través del estrecho de Florida con los informes de los corresponsales. La
inocente ave, pues, ha sido utilizada con fines guerreros, comerciales,
informativos y de todo orden.
Y
en todo esto el hombre explota y aprovecha para su beneficio los instintos más
notorios del animal. Pues el infalible acierto con que la paloma llega a
destino es su cálido afecto hogareño por el palomar en donde vive y esta su
amor.
Mientras
tanto, como otra de las cosas idas de Asunción, se siente la nostalgia de las
palomas, en sus plazas y paseos. Las bandadas de estas aves ya no cruzan hoy día
el cielo de la ciudad, y sus antiguos campanarios también sienten su ausencia.
Gerardo
Halley Mora
lunes, 3 de octubre de 2016
Puerto YEPEPI
Cuando aquel amigo se refirió a una localidad llamada “Puerto Yepepí”, creí que me hacía una broma.
Pero averiguando con otras personas, me aseguraron que realmente existe, sobre el río Paraguay.
Me pareció raro, porque a quien no conoce guaraní, le informamos que “yepepí” es el acto, esencialmente femenino, de levantarse las polleras y mostrar la ropa íntima, o a falta de ella, lo que debería esconder, a manera de invitación, desafío o burla.
Precisamente, ese significado de la palabreja es lo que me sumió en el desconcierto, pero las cosas se aclararon para mí, cuando un veterano de la Guerra del Chaco me explicó que el nombre venía de cuando los bulliciosos barcos navegaban aguas arriba, llevando tropas para el combate, allá en las soledades de la Región Occidental, y remontando el río Paraguay.
Me contaba el veterano que en el lugar que es hoy el Puerto Yepepí, innumerables mujeres, que lavaban ropa en las aguas del río, recibían el estruendoso saludo de los soldados, y uno que otro piropo de subido color.
En respuesta –me decía el veterano- las mujeres no se quedaban atrás, y haciendo el yepepí de sus polleras, exhibían los dones del amor de los que los valientes soldaditos se verían privados vaya a saber por cuánto tiempo.
Por encima de lo pintoresco de este intercambio de ánimos juveniles, se puede encontrar un significado profundo. Y el denominador común era la alegría, incluso, una inocencia raigal de aquellos muchachos que iban a la guerra sin tristezas ni miedos, sino con espíritu festivo, y también inocencia en aquellas mujeres que parecían querer que aquellos hombres de su tierra, que quizás iban a morir, llevaran en sus retinas la promesa y la invitación de un amor cálido en floración de sangre joven.
No había, entonces, en aquellos intercambios nada feo, sino sencillamente la intensidad de una raza que vive la pasión de su clima y de su naturaleza.
En Asunción quizás, más culta, más paqueta y más refinada, fuera el vuelo de pañuelos modosos, pero allá en la calidez de la campiña bañada por el río, la espontaneidad de una invitación y una promesa surgidas de una desinhibición inocente, sin la mancilla del erotismo deliberado que vemos en otros estamentos más sofisticados de las relaciones humanas.
No se trataba, por cierto, de la solemnidad de la madre espartana que despedía al hijo que iba a la guerra diciéndole que vuelva victorioso o muerto sobre su escudo.
Era sí, otro tipo de despedida en la que el combatiente llevaba en su espíritu aquella promesa de amor y fecundidad insita en el “yepepi” y que adquiría significado profundo ante la presencia de la muerte que tendía sus alas como telón de fondo para la llamada, el desafío, la invitación y la incitación del acto de amor, más que simbólico en aquellos casos.
Alguna vez navegaré por el río Paraguay, y pediré a los baqueanos que me muestren el Puerto Yepepí. Quizás allí ya no haya mujeres que laven la ropa en la costa del río, o si los hay, hayan olvidado el gesto aquel que era una suerte de contribución al esfuerzo bélico, porque acentuaba la feminidad de aquella que esperaba y la masculinidad del que iba a combatir, quizás a morir.
Entonces, allí, frente a Puerto Yepepí, recordaré a aquella gente sencilla y sin falsas modestias que pertenecieron a una generación que no le temió a la guerra, a ella fue y la ganó.
Rendiré homenaje al soldado, y a la doncella de muslos morenos que parecía ofrecer otra victoria al soldado que no regresaría vencido ni muerto sobre su escudo, sino a seguir luchando, trabajando, amando y multiplicando la milagrosa simiente de nuestra raza paraguaya.
Mario Halley Mora - MHM
Pero averiguando con otras personas, me aseguraron que realmente existe, sobre el río Paraguay.
Me pareció raro, porque a quien no conoce guaraní, le informamos que “yepepí” es el acto, esencialmente femenino, de levantarse las polleras y mostrar la ropa íntima, o a falta de ella, lo que debería esconder, a manera de invitación, desafío o burla.
Precisamente, ese significado de la palabreja es lo que me sumió en el desconcierto, pero las cosas se aclararon para mí, cuando un veterano de la Guerra del Chaco me explicó que el nombre venía de cuando los bulliciosos barcos navegaban aguas arriba, llevando tropas para el combate, allá en las soledades de la Región Occidental, y remontando el río Paraguay.
Me contaba el veterano que en el lugar que es hoy el Puerto Yepepí, innumerables mujeres, que lavaban ropa en las aguas del río, recibían el estruendoso saludo de los soldados, y uno que otro piropo de subido color.
En respuesta –me decía el veterano- las mujeres no se quedaban atrás, y haciendo el yepepí de sus polleras, exhibían los dones del amor de los que los valientes soldaditos se verían privados vaya a saber por cuánto tiempo.
Por encima de lo pintoresco de este intercambio de ánimos juveniles, se puede encontrar un significado profundo. Y el denominador común era la alegría, incluso, una inocencia raigal de aquellos muchachos que iban a la guerra sin tristezas ni miedos, sino con espíritu festivo, y también inocencia en aquellas mujeres que parecían querer que aquellos hombres de su tierra, que quizás iban a morir, llevaran en sus retinas la promesa y la invitación de un amor cálido en floración de sangre joven.
No había, entonces, en aquellos intercambios nada feo, sino sencillamente la intensidad de una raza que vive la pasión de su clima y de su naturaleza.
En Asunción quizás, más culta, más paqueta y más refinada, fuera el vuelo de pañuelos modosos, pero allá en la calidez de la campiña bañada por el río, la espontaneidad de una invitación y una promesa surgidas de una desinhibición inocente, sin la mancilla del erotismo deliberado que vemos en otros estamentos más sofisticados de las relaciones humanas.
No se trataba, por cierto, de la solemnidad de la madre espartana que despedía al hijo que iba a la guerra diciéndole que vuelva victorioso o muerto sobre su escudo.
Era sí, otro tipo de despedida en la que el combatiente llevaba en su espíritu aquella promesa de amor y fecundidad insita en el “yepepi” y que adquiría significado profundo ante la presencia de la muerte que tendía sus alas como telón de fondo para la llamada, el desafío, la invitación y la incitación del acto de amor, más que simbólico en aquellos casos.
Alguna vez navegaré por el río Paraguay, y pediré a los baqueanos que me muestren el Puerto Yepepí. Quizás allí ya no haya mujeres que laven la ropa en la costa del río, o si los hay, hayan olvidado el gesto aquel que era una suerte de contribución al esfuerzo bélico, porque acentuaba la feminidad de aquella que esperaba y la masculinidad del que iba a combatir, quizás a morir.
Entonces, allí, frente a Puerto Yepepí, recordaré a aquella gente sencilla y sin falsas modestias que pertenecieron a una generación que no le temió a la guerra, a ella fue y la ganó.
Rendiré homenaje al soldado, y a la doncella de muslos morenos que parecía ofrecer otra victoria al soldado que no regresaría vencido ni muerto sobre su escudo, sino a seguir luchando, trabajando, amando y multiplicando la milagrosa simiente de nuestra raza paraguaya.
Mario Halley Mora - MHM
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